Amor Obstinado... Capítulo 6




Aunque a Jaejoong no le hacía ninguna gracia la manera en la que Yunho se había casado con él y no le gustaba nada que lo mantuviera en Yongkungsa contra su voluntad, debía admitir que aquel hombre sabía viajar bien. Junto a ellos, que iban a caballo acompañados de varios que viajaban en vehículos en los que se transportaba todo lo necesario para vivir de lujo en el bosque, desde muebles a alfombras y servicios de plata.

Aquel primer día comieron rápidamente mientras los caballos bebían agua y descansaban un poco, pero Yunho le había prometido que aquella noche cenarían en condiciones en cuanto el campamento estuviera montado. También le había dicho que, poco a poco, se les irían uniendo más miembros y así fue. A media tarde, el número de viajeros se había triplicado y había familias con pequeños rebaños de caballos y cabras y varios jóvenes con carros.

—   Es increíble la cantidad de gente que quiere viajar contigo —comentó Jaejoong.
—   No es por mí sino por ti —sonrió Yunho—. Yo he venido al bosque muchas veces y jamás se ha formado una caravana tan grande. Toda esta gente ha venido porque quiere conocer al esposo del futuro rey.

Jaejoong se sintió halagado y culpable a la vez. Estaba encantado de conocer a toda aquella gente interesada en é, pero no le hacía ninguna gracia que pensaran que iba a ser el esposo de Yunho para siempre.


—   Tus ojos te delatan y en ellos veo que estás deseando conocer a aquellas personas que todavía no conoces y por las que ya sientes una inmensa ternura. ¿Por qué no te planteas abrir tu corazón también a tu marido?
—   Lo haría si mi marido se hubiera molestado en ganarse mi afecto en lugar de haberme obligado a hacer algo que yo no quería hacer.

En lugar de mirarlo apenado o enfadado, Yunho sonrió encantado, algo que Jaejoong no entendió.

—   Es la primera vez que me llamas así.
—   ¿Cómo?
—   Te has referido a mí llamándome «mi marido».

Qué típico de Yunho oír única y exclusivamente lo que le interesaba.

—   No te emociones tanto. No lo he dicho con buenas intenciones.
—   Pero es la verdad. Estamos casados y puede que incluso mi hijo esté creciendo en estos momentos en tus entrañas.
—   Yo no me haría demasiadas ilusiones.

Jaejoong aspiró el dulce aire del bosque. Los sonidos que lo rodeaban lo hacían feliz. Las risas de los niños, los cascabeles de los arneses de los caballos, el trino de los pájaros... Como de costumbre, la inmensidad de la Naturaleza lo hizo sentirse pequeño y, a la vez, parte de algo mucho más grande.

—   Hace muchos años que mi gente no tiene esposo del rey —comentó Yunho al cabo de un rato.
—   Pues dile a tu padre que se vuelva a casar — contestó Jaejoong.
—   Ha tenido cuatro esposos y varios grandes amores. Yo creo que él prefiere tener sus relaciones sin llegar a casarse.
—   Como cualquier hombre, ¿no?

Yunho lo miró con dureza.

—   ¿Tú crees que yo soy así? ¿Acaso no me aceptas porque temes que me vaya con otros? Te aseguro que no tengo interés en estar con otro joven. Tú eres mi esposo y eres el único joven con el que quiero compartir mi cama.

De haber sido diferentes las circunstancias, aquel dato la hubiera hecho muy feliz, pero Jaejoong no quería creerse nada de lo que Yunho le dijera.

—   De momento.
—   Para siempre —rebatió Yunho —. Soy el príncipe heredero Yunho de Yongkungsa y mi palabra es ley. Te prometo que cumpliré mi voto de lealtad hacia ti hasta el día de mi muerte.

Jaejoong se sintió de repente muy mal por dudar de él y por un momento se preguntó si estaba siendo imbécil por resistirse a Yunho. Sí, era cierto que se había casado con él en contra de su voluntad, pero no lo estaba maltratando.

¡Un momento! ¿Es que acaso un matrimonio feliz era aquél en el que no había maltrato? ¿Y el amor y el respeto? ¿Y aquello de tratarse mutuamente con dignidad? Por no hablar de que, después de haber actuado así, lo más probable era que Yunho Continuará ignorando su opinión y sus deseos durante toda la vida.

—   No te preocupes, tengo intención de dejarte libre mucho antes de que mueras.
—   Te burlas de mi sinceridad —contestó Yunho.
—   Te recuerdo que tú ignoras mis deseos más profundos y sinceros.
—   Yo no he intentado sobornarte en ningún momento.

Jaejoong no pudo evitar reírse. 

—   ¿Y eso es bueno?
—   Sabía que no aceptarías ningún soborno. Ofreciéndote joyas o dinero no habría conseguido hacer que cambiaras de opinión.
—   Por supuesto que no.

¿Cómo era posible que Yunho lo conociera tan bien y se comportara como un perfecto imbécil con él?

—   Eres un hombre muy complicado.
—   Gracias —sonrió Yunho.
—   No sé yo si me lo tomaría a modo de cumplido.
—   Por supuesto que es un cumplido. Eso asegura que jamás te aburrirás a mi lado.
—   Nos pelearemos constantemente.
—   La pasión es sana.
—   Sí, pero demasiada rabia puede dar al traste con los cimientos de cualquier relación.
—   Yo no consentiré que a nosotros nos suceda eso.
—   A veces, uno no puede elegir.
—   Yo siempre puedo elegir porque soy el príncipe...

Jaejoong lo interrumpió haciendo un gesto con la mano en el aire.

—   Sí, sí, ya sabemos todos que eres el príncipe heredero bla, bla, bla. A ver si te buscas material nuevo.

Yunho lo miró estupefacto.

—   ¿Cómo te atreves a hablarme así?
—   ¿Y quién te va a hablar así sino yo? Soy tu esposo.
—   Nadie puede hablarme así. No está permitido.
—   Yunho, algún día serás un monarca estupendo, pero a ver si te sobrepones a ti mismo de una vez.

Yunho se quedó mirándolo intensamente, echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas. Aquel sonido deleitó a Jaejoong, quien se dio cuenta de que era la primera vez que lo escuchaba. Por supuesto, había oído reír a Yunho en otras ocasiones, pero no de aquella manera incontrolada y espontánea. Obviamente, no era un hombre que permitiera que lo tomaran por sorpresa.

En aquel momento, Jaejoong se dio cuenta de que podría ser la persona en la que Yunho podría confiar absolutamente, la persona de la que podría depender, la persona que lo ayudaría con sus cargas y que le daría un espacio seguro en el que descansar. Jaejoong sintió que la necesidad se apoderaba de él. Durante toda la vida había querido formar parte de algo pues siempre se había sentido diferente a su familia y, desde que se había ido de casa, no había encontrado a nadie a quien amar completamente. Con Yunho...

Yunho era un hombre que tomaba lo que quería. Jaejoong pensó en todas las citas que había tenido con hombres que no llamaban cuando habían dicho que llamarían o que se sentían demasiado intimidados por su familia como para querer volver a salir con él. En definitiva, hombres débiles. Yunho era muy fuerte. Tal vez, demasiado fuerte. Jaejoong se preguntó si habría algún punto intermedio y equilibrado y se preguntó qué elegiría si tuviera que elegir una de las dos cosas.

«La fuerza», decidió. 

—   ¿Qué te parece? —le preguntó Yunho pasándole una fuente de comida.
—   Está increíble —sonrió Jaejoong—. Me siento como si estuviera en una película.

Se encontraban rodeados por un mar de tiendas, estaba anocheciendo y habían encendido varias hogueras en las que se estaban preparando los más variados alimentos, cuyos aromas llegaban hasta ellos mezclados con los del heno de los caballos. Yunho y Jaejoong cenaron a solas. Hacía una noche maravillosa y Yunho estaba sentado frente a Jaejoong con aspecto de sentirse como en su casa en aquel entorno primitivo.

—   ¿Sueles venir mucho por aquí? —le preguntó Jaejoong.
—   Cuando puedo.
—   ¿Venías cuando eras más joven?
—   Entonces, tenía un montón de cosas que hacer en palacio. Estudios, clases, atender a dignatarios que venían de visita, reuniones, pero, siempre que podía, me escapaba.

En aquel momento, uno de los guardias se acercó a informarlos de que una familia quería verlos y Yunho y Jaejoong se pusieron en pie y los recibieron. Llegaban discutiendo entre ellos. Por lo visto, el hombre insistía en irse mientras que el joven insistía en quedarse.

—   ¿Qué ocurre? —preguntó el príncipe.
—   Venimos a implorar la ayuda de su alteza —contestó el joven—. Tenemos una vaca que está a punto de dar a luz y el hombre que se encarga de estos trámites no ha venido con la caravana. Está muy débil y corre riesgo de morir. Nos han dicho que usted entiende de animales. Por favor, ayúdenos — gimió mirando a Jaejoong.

Jaejoong se fijó en que aquella gente, aunque iba muy limpia, llevaba la ropa remendada aquí y allá y supuso que no podía permitirse el lujo de perder un animal, así que, aunque no sabía qué marcaba el protocolo en un caso como aquél, decidió ayudar.

—   Sí, tengo experiencia con vacas y caballos —contestó.

El joven suspiró aliviado.

—   Muchas gracias. Un millón de gracias, Alteza. Por favor, por aquí —le dijo guiándolo a toda velocidad.

Jaejoong lo siguió despojándose de su ropaje tradicional, que le entregó a Yunho. Para cuando llegaron a donde esperaba el animal, Jaejoong lucía su camiseta de algodón y sus vaqueros, que quedaron completamente manchados después del nacimiento del pequeño.

Tres horas después, el pequeño becerro se esforzaba por tenerse en pie y la vaca se acercó a ayudarlo. Jaejoong los observó encantado.

—   Impresionante —comentó Yunho a su lado—. Has actuado con mucha seguridad.
—   De algo me tenían que servir mis estudios y mis prácticas —contestó Jaejoong estirándose—. No sabía que estuvieras por aquí. Es muy tarde.
—   Quería ver lo que pasaba —contestó Yunho pasándole el brazo por los hombros y guiándolo fuera de las cuadras—. Mientras estabas trabajando, he estado hablando con los ancianos de la tribu. Por lo visto, el appa de esos chicos ha muerto y el padre está enfermo. Son tres hermanos que se encargan del pequeño rebaño de la familia y necesitaban desesperadamente al nuevo becerro.
—   Menos mal que no lo sabía mientras estaba ayudando porque trabajar bajo tanta presión no me gusta nada.
—   Si el becerro o la vaca hubieran muerto, yo los habría compensado por ello. En cualquier caso, no ha sido necesario. Gracias a ti, esa gente puede seguir viviendo de su rebaño.

Lo había dicho con orgullo, algo que sorprendió a Jaejoong. Sus padres nunca habían valorado su profesión. ¿Por qué habría de hacerlo Yunho?

—   Estoy completamente manchado, pero supongo que no habrá ducha en la tienda.
—   No, pero puedo hacer que te preparen un baño.
—   ¿De verdad?
—   Por supuesto.

Jaejoong no había tenido ocasión todavía de ver su tienda pues la estaban montando mientras ellos cenaban y cuando entró quedó gratamente sorprendido pues el lujo era propio de un palacio. Yunho lo acompañó hasta una estancia en la que había una enorme cama y una bañera llena de agua caliente y Jaejoong tuvo que hacer un gran esfuerzo para no tirarse vestido.

—   Dame tu ropa —le indicó Yunho.

Jaejoong dio un paso atrás.

—   No me pienso desvestir delante de ti.
—   ¿Olvidas que te he visto desnudar antes?

Jaejoong dio otro paso atrás.

—   Me puedo bañar yo solito perfectamente — protestó.
—   Ya lo sé, pero yo quiero ayudarte —contestó Yunho mirándolo a los ojos.
—   No es necesario.
—   ¿Tienes miedo?
—   Yunho, no pienso entrar en tu juego. Por favor, vete y deja que me bañe tranquilamente.

En lugar de marcharse, Yunho fue hacia él.

—   Te prometo que no voy a intentar seducirte mientras te bañas. Por favor, dame tu ropa.

Aunque Jaejoong no tenía intención de hacerlo, se encontró despojándose de sus ropas y entregándoselas a Yunho. ¿Sería así como se sentiría la cobra ante el encantador de serpientes? Una vez desnudo, se metió en el agua y sintió cómo sus músculos se relajaban. Al instante, sintió las manos de Yunho en el pelo pasándole una pastilla de jabón y una esponja.

El agua de la bañera estaba cristalina, lo que hacía que Jaejoong se muriera de vergüenza al imaginar que Yunho lo estaba observando enjabonarse el cuerpo desde detrás de la bañera, pero, cuando se giró, comprobó que Yunho estaba de espaldas, sacando un camisón de un cajón. Así que lo había dicho en serio. Aunque eso quería decir que Yunho estaba cumpliendo con su palabra, Jaejoong no pudo evitar sentirse repentinamente molesto. ¿Acaso aquel hombre no se había dado cuenta de que estaba desnudo? ¿No lo encontraba sexualmente atractivo? ¿No estaba excitado?

Jaejoong terminó de bañarse y se puso en pie.

—   ¿Me pasas una toalla? —le dijo a Yunho. Y así lo hizo, pero apenas lo miró. ¡Genial! Ahora que era su esposo, apenas lo miraba. Perfecto. Ya no lo deseaba. ¿Y qué? Él tampoco lo deseaba.

Jaejoong se enrolló en la toalla y salió de la bañera. Yunho le entregó una bata que Jaejoong no conocía, pero en aquellos momentos estaba tan enfadado que poco le importaba. Jaejoong dejó caer la toalla al suelo y se puso el bata, que resultó ser de una seda rosa casi transparente. ¡Como si a Yunho le importara mucho!

Jaejoong sintió unas terribles ganas de salir y gritar de furia. ¿Por qué demonios no se fijaba en él? ¿Y por qué demonios le importaba tanto que no lo hiciera? No estaba enamorado de Yunho. Últimamente, ni siquiera le caía bien. Entonces, ¿por qué le molestaba tanto que no quisiera seducirlo?

—   Me voy a la cama —anunció.
—   ¿Qué tal el baño? —contestó Yunho.
—   Bien.
—   ¿Has terminado?
—   Ya me he secado y vestido, así que yo diría que sí —contestó Jaejoong en tono sarcástico.

En un abrir y cerrar de ojos, se encontró en brazos de Yunho, que lo besaba y lo acariciaba por todas partes.

—   Me deseas —murmuró sorprendido.
—   ¿Qué te hace pensar que no era así?
—   Estaba desnudo y ni siquiera me has mirado.
—   Te había prometido que no te iba a molestar mientras te bañabas.

La estancia estaba llena de velas y de flores y Yunho depositó a Jaejoong sobre la ropa de cama blanca inmaculada. Jaejoong se dijo que debería protestar, pero no lo hizo porque estaba encantado con los besos y las caricias de Yunho, que estaba dando buena cuenta de sus necesitados pezones. El deseo se había apoderado de él.

—   Yunho, te necesito —jadeó desabrochándole la camisa.
—   Tanto como yo a ti —contestó Yunho quitándosela. Momento que Jaejoong aprovechó para quitarse la bata en señal de invitación.

Era consciente de que aquello no era lo más inteligente por su parte, pero era incapaz de controlar el deseo que se había apoderado de él. Aunque se había acostado con otros hombres, jamás había deseado a ninguno como deseaba a Yunho. La desesperación hizo que alargara los brazos para quitarle los pantalones. Necesitaba sentirlo dentro. En aquel mismo instante.

—   ¿Impaciente? —sonrió Yunho colocándose entre sus piernas—. Permíteme que acabe con tu suplicio, mi dulce esposo.

En lugar de llenar su cuerpo con su erección, Yunho se inclinó entre sus piernas, tomó la dureza en su boca, goteante y caliente de Jaejoong. Jaejoong sintió el impacto del placer con tanta fuerza que estuvo a punto de gritar, pero consiguió controlarse y evitar así que lo oyeran los vecinos, lo que no fue fácil porque, con cada lengüetazo de Yunho, el placer era insoportablemente intenso.

Yunho se tomó su tiempo dibujando círculos con la lengua alrededor de la cabeza de hongo de Jaejoong, que se entregó al mundo de las sensaciones y se dejó llevar por lo que su sentido del tacto le trasladaba al cerebro. Cuando la tensión fue tan fuerte que creía que no iba a poder aguantarla más, Yunho lo dejó descansar durante un rato para volver a comenzar transcurridos unos segundos. Así lo llevó al borde del éxtasis varias veces, haciéndolo disfrutar de sensaciones jamás conocidas, haciéndole descubrir la inmensa capacidad de placer de todo ser humano.

Al cabo de varias horas descubriendo uno el cuerpo del otro, explorando sin vergüenza, alcanzando cotas de éxtasis inimaginables, Yunho le pidió permiso para internarse en su cuerpo y Jaejoong se lo concedió encantado.

El momento de la unión fue realmente mágico y, mientras Yunho se movía en su interior, no dejaba de mirarlo intensamente a los ojos mientras Jaejoong pensaba que no había tenido tantos orgasmos seguidos en su vida.                     

Jaejoong se despertó a la mañana siguiente con la sensación de estar completamente unido con el Todo. «Qué noche tan hermosa hemos compartido», pensó levantándose. Hacía tiempo que Yunho se había ido. Jaejoong recordaba vagamente que se había despedido de él con un beso al amanecer. Todo había resultado perfecto. Excepto... Jaejoong se llevó la mano a la tripa y se preguntó si se habría quedado embarazado porque la noche anterior Yunho y él habían hecho el amor varias veces y ninguna con protección.

Jaejoong decidió que había llegado el momento de entender realmente lo que había sucedido. Aunque quisiera seguir casado con Yunho, tenía que conseguir que el príncipe entendiera que no se podía salir siempre con la suya, que si quería que su matrimonio fuera feliz y duradero, tenía que asumir que las decisiones las tomaban los dos y tenía que comprometerse a no volver a obligarlo a hacer nada que Jaejoong no quisiera.

En cualquier caso, quedarse embarazado era la peor solución, así que Jaejoong se dijo que iba a tener que evitar compartir la cama con Yunho, lo que no le iba a resultar nada fácil porque aquel hombre hacía el amor con una magia maravillosa. Tenía que ser fuerte.

Jaejoong se aseó y se vistió. Yunho le había comentado algo de que aquel día había una reunión de tribus y que tenía que ver a los jefes de nómadas y Jaejoong había accedido a acompañarlo. Expresamente para la ocasión, le habían dejado preparado un traje tradicional de encaje y una pequeña diadema de diamantes y oro. Jaejoong se quedó mirándolo. Sabía que Yunho era el príncipe heredero y que algún día sería rey, pero nunca había pensado en él como el futuro rey. Ahora, mirando la corona, sintió el peso de varios miles de años de historia sobre él.

Jaejoong se cepilló el pelo con cuidado hasta que le pareció que brillaba, se colocó la corona sobre la cabeza asegurándose de que estuviera recta y, cuando estuvo preparado, salió de la tienda, donde lo esperaba uno de los hombres de confianza de Yunho.

—   Buenos días, príncipe Jaejoong —lo saludó el hombre haciéndole una reverencia—. Los juicios están a punto de empezar. Por favor, acompáñeme.

Hacía una mañana maravilloso y clara y el campamento estaba casi vacío, pero Jaejoong se fijó en que había una carpa enorme en la que cabían fácilmente mil personas y allí fue precisamente adonde se dirigieron.

Al verlo entrar, Yunho fue hacia él y lo tomó de la mano.

—   Vamos a empezar —sonrió.

*****

Al entrar en su tienda, Jaejoong comprobó que la comida los estaba esperando. Yunho la ayudó a sentarse y se sentó frente a ella. Al cabo de unos segundos, un chico joven les sirvió la comida. 

—   ¿Qué sucede esta tarde? —preguntó Jaejoong.
—   Esta tarde cualquier persona que lo desee podrá acercarse a nosotros para que mediemos en algún contencioso.
—   Supongo que tardarás un montón de tiempo con eso.
—   No te creas. Tengo fama de ser muy duro y solamente los más valientes se atreven a pedir mi consejo.
—   ¿Eres un hombre justo?
—   Cuando el destino de mi gente está en mis manos, te aseguro que no me tomo la responsabilidad a la ligera. Escuchó a ambas partes e intentó encontrar la mejor solución para todos los involucrados.

Jaejoong se dio cuenta de que Yunho no era lo que Jaejoong creía, no era un hombre amable y compasivo sólo cuando las cosas fueran como él quería, sino que era un hombre que quería ser un buen líder y una buena persona. ¿Cómo reconciliaba Jaejoong eso con lo que le había hecho a él? ¿Cuál era la solución a su dilema? ¿Cómo hacerle comprender que tenían que ser sinceros el uno con el otro si querían que aquella relación funcionara? 

Después de comer, Yunho se reunió con el tribunal tribal y Jaejoong se fue a dar un paseo hasta los establos, donde se paró a ver cómo un grupo de niños jugaba al fútbol. En ese momento, un jovencito se acercó a él.

—   Buenas tardes, príncipe —lo saludó con una reverencia—. Me llamo Sanha. Es un enorme placer conocerlo
—   El honor es mío —contestó Jaejoong con una gran sonrisa.

El joven debía de tener unos diecisiete o dieciocho años y era increíblemente bello, tenía unos preciosos ojos marrones llenos de vida.

—   Confieso que me he acercado a usted para pedirle una cosa. Tengo una petición para el príncipe, pero no me atrevo a hacerlo en persona.
—   ¿Por qué?
—   Porque mi padre me lo ha prohibido —confesó el joven bajando la cabeza.
—   ¿Tu padre te ha prohibido que busques justicia? —le preguntó Jaejoong. El joven se encogió de hombros.
—   Me ha ofrecido en matrimonio a un hombre de la tribu. Se trata de un hombre muy honorable y rico. En lugar de que mi padre tenga que pagar una dote por mí, ese hombre se ha ofrecido a pagarle a él el precio de cinco caballos.

Jaejoong se dijo que aquélla era la parte de las viejas tradiciones del bosque que no le gustaba nada.

—   ¿Es ese hombre mucho mayor que tú?

Sanha asintió.

—   Tiene casi cincuenta años y varios hijos mayores que yo. Jura y perjura que me ama y que yo seré su último joven, pero...
—   Pero tú no lo amas.
—   Yo... —contestó el joven tragando saliva—. Yo le he entregado mi corazón a otro — añadió en un susurro—. Tal vez no debería haberlo hecho, pero casarme con alguien tan mayor me parece horrible. Por favor, príncipe Jaejoong, como esposo del príncipe heredero, tiene usted derecho a interceder por mí. El príncipe lo escuchará.

Jaejoong pensó en su reciente boda.

—   Créeme si te digo que no soy la persona más indicada para hablarle de este asunto al príncipe.
—   Es usted mi única esperanza —insistió el joven con lágrimas en los ojos—. Se lo ruego — imploró quitándose las pulseras de oro que llevaba—. Tome, quédese con mis joyas. Son todo lo que tengo.

Jaejoong negó con la cabeza.

—   No hace falta que me des nada a cambio de mi ayuda —le dijo.

Lo cierto era que sentía lástima por el joven, pero no estaba seguro de que Yunho lo fuera a escuchar. Por otra parte, le había dicho que se tomaba su responsabilidad muy en serio. Obviamente, no le quedaba más remedio que fiarse de él.

—   Está bien, lo haré, expondré tu caso ante el príncipe. 

******

Yunho se encontraba aun reunido con el tribunal del bosque, cuando observó cómo Jaejoong se acercaba. ¿Qué iba a hacer? ¿Acaso le iba a pedir su libertad en público? Al instante, Yunho sintió que todo su cuerpo protestaba, pero, cuando recordó la noche de maravillosa pasión que habían compartido y el encuentro que se había producido entre ellos hacía tres semanas, comprendió que Jaejoong era consciente de que hasta que no se supiera si estaba embarazado o no, no podría abandonar el país.

Inmediatamente, Yunho sintió un inmenso alivio. Jaejoong siguió avanzando hasta él hasta que llegó al estrado, momento en el que hizo una reverencia. Al hacerlo, se oyó una exclamación de sorpresa general.

—   Vengo en busca de justicia —anunció.
—   ¿Para ti? —le preguntó Yunho.
—   No, vengo en busca de justicia para otro joven. Un joven que se llama Sanha — contestó Jaejoong.

El mencionado dio un paso al frente y se colocó junto a Jaejoong. Al instante, Yunho se dio cuenta de lo que había sucedido. El joven había ido a hablar con su esposo para contarle que lo iban a casar con un hombre al que no amaba y Jaejoong había accedido a pedir clemencia en su nombre.

Yunho miró al joven.

—   ¿Por qué no has venido tú mismo a hablar conmigo?

El joven bajó la cabeza.

—   Porque mi padre me lo ha prohibido.

Yunho se revolvió en su asiento y esperó. Al cabo de un minuto, un hombre de los que estaba sentado entre el público se puso en pie y avanzó hacia el estrado.

—   Príncipe Yunho, mil bendiciones para usted y para su familia.

Yunho no contestó. El hombre se retorcía los dedos.

—   Mi hijo no es más que un niño, un niño loco con demasiados sueños en la cabeza.

A Yunho también se lo parecía, pero la ley era la ley.

—   Todo el mundo tiene derecho a pedir clemencia al príncipe, incluso un niño loco.
—   Sí, por supuesto, príncipe, tiene usted toda razón.

Yunho suspiró y volvió a centrarse en el joven.

—   Muy bien, Sanha, tienes toda mi atención y tu padre no te va a prohibir que hables con libertad. Habla sin temor.

Tal y como sospechaba, el joven le contó que su padre quería que se casara con un hombre mucho mayor que tenía varios hijos.

—   Yo creo que se quiere casar conmigo para que lo cuide cuando sea viejo —concluyó el joven indignado.
—   ¿Quién es el hombre en cuestión? —preguntó Yunho.

Al instante, un hombre de casi sesenta años se puso en pie y avanzó hacia ellos. Por cómo iba vestido, era obvio que era un hombre de buena posición social.

—   Mi nombre es Hyeong Do —se presentó haciendo una reverencia.
—   ¿Te quieres casar con este joven? —le preguntó el príncipe. Hyeong Do asintió.
—   Es un buen joven y será un buen esposo.
—   En lugar de pedirme una dote, me ha ofrecido cinco vacas —le explicó el padre del joven encantado—. Ha estado casado en otras ocasiones, pero todos sus jóvenes han muerto. Es una historia muy triste, pero todos sabemos que los ha tratado bien.

Yunho sintió que le empezaba a doler la cabeza.

—   En todo esto hay otro jugador, ¿verdad? —le preguntó a Sanha. El joven asintió.
—   Sí, se llama Eunwoo y es el hombre del que estoy enamorado.

Su padre lo miró indignado, el prometido parecía indulgente y los allí presentes comenzaron a rumorear. Por fin, apareció Eunwoo, un joven de unos veintidós años con actitud desafiante y aterrorizada a la vez.

—   ¿Tú también estás enamorado de él? —le preguntó el príncipe.
—   Con todo mi corazón —contestó el joven—. He estado ahorrando dinero y comprando vacas. Con su dote, podremos comprar tres más y tener un rebaño de buen tamaño. Le aseguró que puedo mantenerlo.
—   No pienso darle dote —contestó el padre de Sanha—. No te pienso entregar la dote de mi hijo a ti. Hyeong Do es un marido mucho mejor.
—   Sobre todo para ti —intervino Yunho—. Que te den vacas a cambio de tu hijo en lugar de tener que pagarlos tú hace que Hyeong Do te guste mucho más.

El padre del joven no contestó. Yunho se quedó mirando atentamente a Hyeong Do y se fijó en que tenía unas ojeras terribles y unos cercos grisáceos alrededor de los ojos.

—   ¿Tienes hijos? — le preguntó.
—   Sí, Alteza, seis.
—   ¿Y están todos casados?
—   Dos, no.

Ahora Yunho empezaba a entenderlo todo.

—   ¿Cuánto tiempo te queda?

El hombre se sorprendió, pero contestó.

—   Un año como mucho.
—   ¿De qué demonios está hablando? —se extrañó el padre del joven. Yunho negó con la cabeza. —
—   De nada que a ti te incumba —contestó poniéndose en pie y haciéndole una señal a su esposo—. Por favor, acompáñame.
—   ¿Qué está ocurriendo? —preguntó Jaejoong una vez fuera de la tienda—. ¿Qué va a ocurrir? ¿Vas a obligar a Sanha a casarse con ese hombre?
—   A ese hombre le queda menos de un año de vida.
—   Vaya, lo siento mucho, pero eso quiere decir que el joven tenía razón, que lo único que quiere es que lo cuide. Si es verdad que tiene tanto dinero, ¿por qué no contrata un enfermero?
—   Porque este asunto no es por su salud sino por su fortuna. Hyeong Do tienes seis hijos y dos de ellos no están casados. Según nuestras leyes, debe dividir su fortuna a partes iguales, lo que no es la mejor manera de mantenerla. ¿Qué pasaría si los hijos no se llevaran bien? Si muere estando casado, podría dejarle el cuarenta por ciento de sus pertenencias a su esposo y el resto tendría que dividirlo entre sus hijos. Yo creo que lo que quiere es que uno de los hijos que no está casado se case con Sanha para que, así, se puedan hacer cargo del negocio familiar juntos.

Jaejoong lo miró indignado.

—   Perfecto. Así que no lo van a vender una vez sino dos. Genial.
—   Jaejoong, no te estás enterando. Hyeong Do no lo quiere para él.
—   Claro que me estoy enterando. Me da igual que lo quiera para él o no. Lo que está en juego aquí es la vida de un joven que está enamorado de otro hombre.
—   Será una viudo rica en unos cuantos meses y, entonces, no estará obligado a casarse con ninguno de los hijos de Hyeong Do si no quiere.
—   ¿Me estás diciendo que debería casarse con él? ¿Me estás diciendo que lo que tendría que hacer es casarse con Eunwoo cuando herede? Eso es terrible.

Yunho sacudió la cabeza.

—   En el matrimonio, Jaejoong, lo único que importa no es el amor. El matrimonio también es una unión política y financiera.
—   Ya veo que así es como funcionan las cosas aquí. ¿Qué vas a hacer?
—   ¿Qué quieres que haga?

Jaejoong lo miró con las cejas enarcadas. 

—   ¿Me dejas decidir?
—   Sí, considéralo un regalo de boda.
—   Quiero que Sanha pueda seguir los designios de su corazón. Quiero que se case con Eunwoo si ése es su deseo.
—   ¿A pesar de lo que te acabo de contar?
—   No a pesar de eso sino precisamente por eso.
—   Y, dentro de unos años, cuando Eunwoo y Sanha no tengan dinero para alimentar a los varios hijos que tendrán, ¿no crees que mirará atrás y se arrepentirá de lo que va a hacer?
—   Sí lo ama de verdad, no.
—   El amor no te da de comer.

El amor no era práctico. ¿Por qué los jóvenes lo consideraban tan importante?

—   Quiero que se case con Eunwoo —insistió Jaejoong.
—   Como tú quieras.

A continuación, Yunho y Jaejoong volvieron al estrado y se sentaron en sus tronos. Sanha estaba llorando y su padre parecía furioso. Hyeong Do parecía resignado y el joven Eunwoo intentaba parecer seguro de sí mismo a pesar de que le temblaban las rodillas.

Yunho miró al joven.

—   Has elegido bien porque Jaejoong es mi esposo y no puedo negarle nada, así que puedes casarte con tu amado, pero escúchame bien. Estás enfadado con tu padre porque te quería vender a un hombre mucho mayor que tú. Sólo piensas en hoy y en mañana, pero deberías considerar un futuro a más largo plazo. Hyeong Do es un hombre de honor. ¿No quieres considerar la posibilidad de casarte con él?

El joven negó con la cabeza.

—   Yo estoy enamorado de Eunwoo —insistió.

Yunho miró al chico y rezó para que fuera digno de tanta devoción.

—   Muy bien. Sanha puede casarse con Eunwoo.

El padre del joven protestó, pero Yunho lo miró con dureza haciéndolo callar.

—   Para celebrar su boda, les regalo tres vacas y les deseo que su unión sea duradera y sana.

Sanha se puso a llorar de nuevo y Eunwoo se arrodilló ante el príncipe varias veces, abrazó a su prometido y le dijo algo al oído.

—   A ti también te doy tres vacas como compensación por lo que has perdido — continuó Yunho dirigiéndose al padre del joven.

Sabía que Hyeong Do le había ofrecido cinco, pero no estaba dispuesto a darle más de lo que les iba a dar a los novios.

—   Cuando llegue la hora de tu muerte, tu familia puede hacerte enterrar en el monte de los reyes —concluyó dirigiéndose a Hyeong Do. Aquello levantó una exclamación general pues semejante honor no era fácilmente concedido.
—   Muchas gracias, príncipe. No sabe usted cuánto me gustaría vivir para verlo ser rey —contestó el enfermo.
—   A mí también me gustaría que fuera así. Ve en paz, amigo —lo despidió Yunho.

*****

Jaejoong estuvo callado durante la cena porque Yunho parecía tenso e incómodo. Estaba así desde que habían vuelto de la carpa. Cuando los sirvientes recogieron el último plato, Jaejoong dejó la servilleta y sonrió.

—   Te quiero dar las gracias por lo que has hecho hoy.
—   Yo prefiero no hablar de ello.
—   ¿Por qué no? Has hecho feliz a Sanha.
—   Lo que he hecho ha sido acceder a los deseos de un niño malcriado, un chico demasiado joven para saber realmente lo que quiere en la vida. ¿De verdad crees que amará a ese chico para siempre? ¿Y qué ocurrirá cuando ya no sea así? Entonces, será pobre y odiará a su marido. Por lo menos, su padre buscaba asegurarle el futuro.

Jaejoong no se podía creer que Yunho creyera de verdad que casarse a los dieciséis años con un hombre de casi sesenta fuera algo bueno.

—   Su padre lo quería vender, lo que es horrible —contestó indignado.
—   Desde luego, estoy de acuerdo contigo en que los motivos del padre no eran los mejores, pero Hyeong Do es un buen hombre y Sanha habría tenido la vida solucionada con él.
—   Sí, y cuando se hubiera muerto, se tendría que haber casado con uno de sus hijos.
—   A lo mejor, para entonces, se había enamorado de él.
—   O, a lo mejor, no.

Yunho se quedó mirándolo como si fuera idiota.

—   Una vez viudo, habría sido libre para casarse con quien quisiera.
—   Así que solamente se vería obligado a casarse con un hombre al que no ama una sola vez. Ah, bueno, genial.
—   No entiendes nuestras costumbres —se indignó Yunho dándole la espalda.
—   No es eso, Yunho. Estás enfadado porque he intercedido en nombre del joven.
—   Estoy enfadado porque mi esposo se ha puesto del lado de un jovencito descerebrado y yo he hecho lo que me ha pedido. Estoy enfadado porque creo que Sanha se ha equivocado.

Yunho dejó de hablar, pero Jaejoong sospechó que había algo más aparte de los problemas del adolescente. Yunho se apartó del comedor y fue a sentarse en un sofá y Jaejoong lo siguió.

—   Yunho, le has concedido la libertad a un joven. ¿Qué tiene eso de malo?
—   ¿Qué es lo que no te gusta de nuestro matrimonio? —le espetó Yunho—. ¿Por qué quieres escapar?

¿Así que era eso? ¿Acaso veía Yunho a Jaejoong en Sanha? 

—   Yo no estoy enamorado de otro hombre —le aseguró Jaejoong—. De haber sido así, te lo habría dicho.
—   Nunca se me había pasado por la cabeza.
—   Estar casado contigo no es terrible —le explicó Jaejoong con prudencia—. De hecho, yo nunca he dicho algo así, pero sí he repetido varias veces que lo que no me gusta es cómo lo has hecho. No me preguntaste si me quería casar contigo.
—   Sí, te lo pedí y me dijiste que no.
—   Claro y, entonces, decidiste casarte conmigo mientras estaba inconsciente. Yunho, no deberías haberlo hecho. No podías hacerlo.
—   Podía y lo hice.
—   Lo dices como si fuera algo positivo.
—   Conseguir lo que me propongo es siempre positivo —insistió Yunho yendo hacia Jaejoong—. Ahora, estamos casados y debes aceptarlo.
—   No pienso hacerlo.
—   ¿Y si estás embarazado?
—   No lo estoy —protestó Jaejoong llevándose las manos a la tripa.
—   Todavía no lo sabes, pero, en cualquier caso, quiero que tengas bien claro que, si lo estás, tienes que saber que mi hijo jamás abandonará este lugar. Tú, si quieres, puede irte.
—   Yo jamás abandonaría a mi bebé.
—   Entonces, ya has tomado tu decisión.

A Jaejoong le entraron ganas de gritar. ¿Por qué aquel hombre se negaba a entender?

—   No pienso volver a acostarme contigo.
—   Eso habías dicho antes y mira lo que pasó anoche.

Jaejoong sintió como si lo hubiera abofeteado.

—   ¿Acaso me lo echas en cara para demostrarme que me había equivocado?
—   Tus palabras se las lleva el viento.

Jaejoong se giró porque estaba tan dolido que no quería que Yunho viera que estaba al borde de las lágrimas.

—   Me arrepiento de haberte acompañado en este viaje. Ojalá no hubiera salido nunca de palacio.
—   Si quieres volver, puedes hacerlo ahora mismo.
—   Muy bien.


Continuará…

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5 Comentarios

  1. Jae no quiere que YunHo se le acerque, pero le enfurece que no le toque… por qué simplemente no acepta que está enamorado de YunHo??, al menos el príncipe no niega lo que siente por él… si Jae, si… esta será la última vez… yo te creo… jejeje… como abogado del EunSan, lo hiciste genial… defendiendo tus ideales hasta el final, pero no hasta el punto de terminar discutiendo con YunHo… será que el príncipe de bla, bla, bla, se cansó de querer conquistarlo??... que dolor de cabeza en verdad me provoca este par.

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  2. Este par no puede mantener la paz por mucho tiempo, Jae tiene derecho de estar molesto por como se realizaron las cosas pero el mismo lo complica más al tener relaciones con Yunho sin protección ya que puede resultar en un embarazo, si es que no pasó ya, lo que impediría que se vaya.

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  3. Dios, estos dos no quieren estar tranquilos un rato pero bueno aunque se quieran ambos deben decircelos ya que ese es pirncipal problema, y ahors si Jae resulta estar esperando un baby si que se va a complicar o no.

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  4. Porque tienen que ser tan tercos, esta situación no avanza y hablan con sinceridad espero que no haya mas problemas, gracias por el cap bye.

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  5. De verdad que Yunho necesita un buen golpe para que pueda entrar en razon...

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