Frost... Capitulo 05


 —Ella luce hermosa, Suzy.

Doyoung retrocedió para admirar a su bebé, un impresionante biplano Beechcraft Modelo D17W que era la envidia de la pista y sus compañeros Rein Dears. Construído durante sus años en la Academia Rein Dear, cada parte de su precioso avión había sido instalada por el propio Doyoung, desde su brillante estructura de acero rojo cereza hasta su reluciente hélice. Era aerodinámico, ultraligero, con un motor sobrealimentado: 400 caballos de potencia, capaz de alcanzar velocidades de doscientas doce millas por hora con espacio para tres pasajeros y un piloto.


—Gracias, Capitán. Está en plena forma. —La joven hada de Sugarplum de cabello blanco le sonrió. Suzy era el primer mecánico de Rein Dear que resultó ser un hada de Sugarplum. Los otros Rein Dears la había rechazado injustamente en el momento en que la vieron, creyendo que no poseía la habilidad o la fortaleza necesarias para hacer el trabajo, simplemente porque era una bonita hada de Sugarplum. Los otros ayudantes la miraban menospreciándola, pensando que se creía demasiado buena para unirse a sus filas. Doyoung, sin embargo, había visto la forma en que miraba sus aviones, y él había solicitado rápidamente ver sus calificaciones.


Impresionado por lo que vio, la llamó para una entrevista junto con otros mecánicos elfos que tenían un potencial prometedor. Les hizo pasar un mal rato, como lo hizo con todos los que consideró contratar. Suzy los había superado a todos. Era rápida, precisa, hábil y sabía exactamente lo que estaba haciendo. Lo que era más importante, ella tenía agallas, negándose a permitir que nadie quebrantara su espíritu. Sabía que contratarla desataría otra ola de rumores, pero ya no le importaban los chismes. Suzy era el mejor mecánico que jamás había tenido; malditos sean los convencionalismos sociales.


—Maravilloso trabajo. Vamos a ponerla en el aire, ¿vamos? —Doyoung subió a su asiento detrás del volante y cerró la puerta firmemente detrás de él. Encendió la radio, se puso los auriculares y se ajustó las pesadas correas del arnés, una correa acolchada sobre cada hombro que se enganchaba en la más gruesa de la cintura. Una vez seguro en su asiento, comenzó los preparativos previos al vuelo. —Jungwoo, ¿puedes oírme?


La suave voz de Jungwoo llegó a través de su auricular.


—Alto y claro, Doyoung.

—¿Lucas?

—Alto y claro, Doyoung, —Lucas respondió en su tono seco pero educado.

—¿Suzy?

—Estoy aquí, Capitán.


Doyoung sonrió. Suzy era la única que le llamaba Capitán. Apreciaba su formalidad, incluso si no era necesario. Él comprendía su necesidad de mantener las cosas a nivel profesional. La única razón por la que los chismes sobre su contratación no se habían vuelto sórdidos se debía a las inclinaciones de Doyoung. Si su naturaleza había favorecido a las hadas de Sugarplum, ¿quién sabía qué tipo de tonterías estarían circulando? Suzy tenía algo que demostrar, y él no tenía dudas de que ella les enseñaría a todos una o dos cosas. Era hora de que la ciudad del Polo Norte dejara atrás algunos de sus hábitos obsoletos.


Dejando de lado esos pensamientos, Doyoung se aseguró de que todo funcionaba correctamente por segunda vez ese día, desde sus indicadores a las pruebas de los alerones. El interior de su avión era tan brillante y nuevo como el exterior, con su panel de control rojo y su interior negro. No era ningún secreto que Doyoung tenía debilidad por el color rojo, pero viendo cómo todo en su persona era de color rojo, incluyendo su chaqueta de vuelo, pensó que lo mejor era hacer el interior de un color diferente. Había elegido el negro porque le recordaba a Taeyong.


Doyoung había esperado el mayor tiempo posible para comenzar la prueba, con la esperanza de que Taeyong llegara a tiempo. Después de la llamada telefónica de Taeyong, se había mantenido ocupado en su oficina durante varias horas, poniéndose al día con el papeleo y cualquier otra cosa que pudiera hacer. Cuando quedó claro que Taeyong no regresaría hasta más tarde en la noche, Doyoung se resignó a continuar sin él. Era una tontería, realmente, pero Doyoung se había acostumbrado a ver a Taeyong sonriéndole desde la pista cuando despegaba.


El rugido de la hélice era música para sus oídos, y él no podía evitar la sonrisa tonta de su rostro. Junto a Taeyong, no había nada que amara más que volar. Después de dar un último vistazo a todo, habló con su equipo.


—¿Listo?

—Puede despegar, Capitán.

—Entendido. —Sólo faltan unas pocas semanas hasta el Big Flight. Mientras tanto, había muchas pruebas que hacer, algunas por su cuenta y tres con el resto de los Rein Dears. Había supuesto una gran cantidad de trabajo, pero no importaba cuántos años había estado haciéndolo, todavía lo encontraba emocionante y excitante.


Encima de él los cielos estaban azules, los vientos invernales en calma y soplaban con él y no contra él. Su corazón dio un pequeño vuelco sabiendo que Taeyong lo estaba ayudando a pesar de su ausencia. Antes de darse cuenta, las ruedas de su avión abandonaban la pista y él estaba ascendiendo hacia las nubes. Una vez alcanzó la altitud, era sólo él, su avión y los sonidos de calma de su motor. La paz que se apoderó de él, la libertad que sintió mientras surcaba el aire, era diferente a cualquier otra cosa que pudiera pensar. Desde que era un pequeño elfo, había sabido que quería volar, y su madre, que lo había criado ella sola, lo había alentado, tallando los aviones más hermosos para él, que luego ellos pintaban juntos. Siempre que tuviera oportunidad, la visitaría y la llevaría a dar un paseo en su avión.


Con el buen tiempo, practicó un par de maniobras aéreas, disfrutando de algunos descensos y bucles, un par de acrobacias, antes de que el volante diera una fuerte sacudida. Nivelando su avión, él frunció el ceño, preguntándose qué había causado la sacudida. Fuera del azul nevado, todas las luces de su panel de control se iluminaban como un árbol de Navidad, las agujas de sus indicadores giraban de forma descontrolada. 


¿Qué diablos ocurre? Todo el avión tembló, y el humo negro comenzó a invadir el interior de su precioso avión. La peor parte era que no tenía ni idea de lo que podía estar causando el fallo. Todo había sido comprobado dos veces. Cada pieza estaba en perfecto estado de funcionamiento, bien engrasada, pulida, y cumpliendo con las normas más estrictas. Cada cable había estado en su lugar, cada tuerca y tornillo estaban asegurados.


El motor chisporroteaba ruidosamente, luego se detuvo, y su corazón saltó a su garganta.


Nada de lo que intentaba parecía funcionar, y cuando comenzó a perder altura, estaba claro que iba a tener que saltar. Con una maldición, presionó hacia abajo en el cierre de la hebilla de su cinturón de seguridad. No pasó nada. Lo intentó de nuevo, esta vez experimentando una sensación de ahogo en la boca del estómago. Algo estaba terriblemente mal. Presionó contra la hebilla con toda su fuerza, y cuando no cedió, pensó salir a través de las correas, excepto que cuando trató de moverse, estaba fuertemente asegurado, como si el cinturón de alguna manera se hubiera apretado a su alrededor, tirando de su cuerpo de nuevo al asiento. No había cedido.


Luchó frenéticamente contra el arnés, y cuando no consiguió nada, buscó alrededor con la esperanza de encontrar algo afilado que pudiera utilizar para abrirse camino a través de una de las fuertes correas, pero no había nada. Por la forma en que estaba descendiendo, no tendría tiempo de liberarse incluso si tuviera algo, cosa que no tenía.


—Oh Dios. —¿Cómo podía estar pasando esto?

—¿Doyoung? —La voz de pánico de Jungwoo llegó a través de la radio. — Doyoung, ¿qué pasa?

—El avión… está muerto, completamente muerto. Estoy cayendo.

—Necesitas saltar.

—No puedo.

—¿Qué quieres decir con que no puedes? —La firme voz de Lucas llegó a través de la radio, su propio pánico se hizo evidente en su tono brusco. — ¡Por el bien de Kringle, sal de ahí!

—No puedo. Mi arnés está atascado. 


Hizo todo lo posible por mantener la calma e intentó abrir la puerta. No es que él supiera lo que iba a hacer una vez que estuviera abierta, pero tenía que esperar que lo que sea que estaba pasando no afectara a todo el avión. Cuando la puerta permaneció firmemente cerrada, sus temores se confirmaron. Esto no era un fallo normal. Esto era diferente a todo lo que había enfrentado antes.


—¡Doyoung!


Había hecho los simulacros, ejecutó multitud de variables, se preparó para todos los resultados posibles en caso de que su avión no funcionara correctamente, pero nada podría haberlo preparado para lo que sea que haya sido, para esta fuerza oscura que había infectado a su precioso bebé. Si hubiera sido otra cosa, él no habría estado tan asustado, pero esto... Quien haya hecho esto no tenía la intención de que sobreviviera. Incluso el aire a su alrededor era denso, haciendo que cada vez le resultara más difícil respirar. Le dolían los pulmones y se sentía débil. El único pensamiento que atravesó su mente fue Taeyong. 


Cerró los ojos con fuerza para mantener sus lágrimas a raya. No. Esto no podía terminar así. Lanzó un puñetazo contra su ventana y luchó contra su arnés. Si iba a caer, lo haría peleando.


—¡Taeyong! —Él gritó mientras golpeaba su hombro contra la puerta tan fuerte como podía. Si existía la más mínima posibilidad de que el viento pudiera llevar sus súplicas a su amo, Doyoung lo tomaría. — Por favor escúchame. Taeyong, ¡te necesito! Por  favor...  ayúdame. —Dejó que su cabeza  descansara contra la fría ventana, su voz ronca por la falta de oxígeno. —Taeyong... Te amo.


Taeyong estaba en su tercer vodka triple, riéndose de la vergonzosa demostración de Seung Yub cuando perdió su quinta ronda de conkers casi golpeándose a sí mismo, cuando un dolor agudo le atravesó el corazón, forzándolo casi a doblarse. Se aferró a su pecho, desconcertado por la extraña sacudida. ¿Qué diablos era eso?


—¿Taeyong? ¿Estás bien? 


Eunwoo se acercó a él y le quitó el vaso de la mano antes de que pudiera caer al suelo y romperse.


—Sí. Simplemente este extraño dolor que me ha golpeado inesperadamente. 


Las ventanas y las puertas del pub se abrieron de golpe y Taeyong se enderezó. Eso no había sido obra suya. El viento se arremolinaba a su alrededor, con un escalofrío subiendo por su espalda ante el leve susurro que llegaba a su oído. Alguien estaba gritando su nombre.


—¿Qué está pasando? —preguntó Seung Yub, frunciéndole el ceño.

—No lo sé. Tengo que irme. 


Taeyong no esperó a escuchar el resto de las preguntas de sus primos. Salió corriendo a la calle y convocó a los vientos árticos para llevarlo por encima de la tierra. Con órdenes rápidas, se lanzó a través de los cielos hacia la pista, exigiendo rapidez. En la distancia delante de él, podía ver un pequeño objeto oscuro, y al principio, lo descartó. El viento le susurró, suplicándole. Nadie ignoraría ese llamado, Taeyong se elevó hacia el objeto, sorprendido cuando descubrió que efectivamente se trataba del avión de Doyoung.


Había una espesa niebla de humo negro que lo rodeaba a medida que se precipitaba hacia la ladera de la montaña, y una parte de él esperaba que Doyoung hubiera abandonado el avión hace tiempo, pero mientras volaba más cerca, algo le decía que ese no sería el caso. Había algo diferente en el humo, algo... amenazador. El humo no venía del avión, al menos no de una manera que insinuara que hubiera algún mal funcionamiento mecánico. De haber sido así, no habría sido un problema en absoluto, por no mencionar que Doyoung ya habría saltado. ¿Por qué estaba todavía en el avión, sabiendo que se precipitaba hacia la destrucción? Doyoung amaba su avión, pero no lo suficiente como para caer con él.


Acercándose al avión de tamaño mediano, Taeyong golpeó su mano contra la ventana, sintiendo su pecho oprimirse al ver a su amante luchando por quitarse el arnés sin suerte. Los movimientos de Doyoung eran lentos, su pecho subía y bajaba rápidamente. No le tomó mucho tiempo a Taeyong para deducir que su amor estaba teniendo dificultades para respirar.


—¡Doyoung!

—¡Taeyong! —Los ojos de Doyoung se llenaron de lágrimas no derramadas mientras golpeaba contra la pequeña ventana. —Taeyong ¡no puedo salir! ¡El arnés, la ventana, la puerta, todo está atascado!


Taeyong agarró la manija de la puerta, sólo para ser sorprendido por una fuerte sensación de ardor, lo que le obligó a retirar su mano. Hizo otro intento, la manija le quemó la piel y dejó una marca roja en la palma de su mano. No podía ser...


—¿Taeyong?


Levantó la cabeza y se encontró con la mirada asustada de Doyoung.  Esto no podía ser. No, él no lo permitiría. Se introdujo en lo más profundo de su ser mientras convocaba sus poderes para luchar contra esa fuerza malévola creada para mantenerlo fuera. A su alrededor el viento aullaba y una tormenta de nieve los envolvía de blanco. Fragmentos de hielo se dispararon hacia el avión, sólo para ser derretidos por el humo negro antes de que alcanzaran la superficie roja brillante. Este no era un hechizo ordinario. Taeyong necesitaría llegar más profundo. Como si leyera sus pensamientos, Doyoung golpeó un puño contra la ventana.


—¡Taeyong, no!


El miedo de Doyoung reflejaba el suyo, pero en este momento, salvar a su amante significaba más para él que su propia vida. Cualquiera que fuera la fuerza que trabajaba aquí, había sido creada específicamente para mantenerlo fuera, evitando que salvara a su amor. Doyoung era inmortal, pero no era indestructible, y como un elfo de Navidad, sus poderes eran limitados. Taeyong podía sobrevivir a tal colisión, pero Doyoung no.


—Taeyong, tienes que parar.


Ignorando las súplicas de Doyoung, Taeyong hizo lo contrario, invocando todas las fuerzas de sus poderes. Su cuerpo se quemó de adentro hacia afuera, y sus músculos se tensaron en un intento de mantener el control de los elementos incompatibles dentro de él. 


—Yo puedo hacer esto. —¿Se lo estaba asegurando a Doyoung o a sí mismo? En cualquier caso, él tenía que creer que podía.

—No quiero perderte, —Doyoung rogó. —Taeyong, escúchame.

—¡Puedo hacer esto! —Agarró la manija de la puerta con ambas manos, ignorando el ardor contra sus palmas mientras el hechizo trabajaba ferozmente para disuadirlo. 


El fuego se extendió por su cuerpo, luchando contra el hielo convocado para protegerlo, para salvarse a sí mismo y a Doyoung. El color desapareció de sus manos, dejando atrás su forma elemental. El ciclón de hielo y nieve arrastró el avión y a Taeyong con él, lanzándolos en un giro enorme, y dando a Taeyong más tiempo para aprovechar toda la fuerza invernal.


— ¡Maldita sea, Taeyong, por favor! No puedo perderte.

—Nunca. —Concentró su energía, apretó los dientes cuando las primeras señales de helechos helados brotaron en los bordes de la  ventana y se extendieron. Estaba funcionando. Él estaba llegando.


Doyoung puso su mano en el cristal, su expresión una de dolor. 


—¿Y si no hay otra opción?

—Eso no va a pasar, —Taeyong gruñó.

—¿Cómo lo sabes?

—Puedo controlarlo.

—Taeyong.

—¡No te dejaré morir! —Soltó la puerta y usó sus pies para impulsarse lejos del avión. Con los brazos extendidos a los lados, su visión se volvió blanca y alzó la cara hacia los Cielos. Rezó a sus antepasados y recurrió al poder de su padre. Cualquiera que fuera la reprimenda que recibiera por ello, cualquier castigo, que así sea, pero haría lo que fuera necesario.

—¡Taeyong, no!


Los cielos se oscurecieron y el trueno estalló sobre él, un rayo acompañando la tormenta cegadora de hielo ardiente. Si no podía sacar a Doyoung del avión, suavizaría el aterrizaje. Sobre la tierra, la nieve se reunió rápidamente, colocando una gruesa capa tras otra. Los gritos de Doyoung fueron ahogados por la furia que crecía dentro de Taeyong cuando sus pensamientos se dirigieron a quien tuvo la audacia de amenazar la vida de su amante, de insultar a Taeyong conspirando contra él, contra el Príncipe de las Heladas. Alguien iba a pagar caro por esto. El dolor agudo en su  corazón se intensificó, la agonía se asemejaba a una multitud de estacas heladas que se hundían al mismo tiempo, y él luchó contra las ganas de agarrarse a su pecho.


Escuchó a Doyoung decir su nombre débilmente mientras su cuerpo caía en picada junto con el avión. El impacto de la tierra debajo de él cuando él se lanzó a través de las capas de nieve y golpeó la tierra fue insoportable, el temblor exprimiendo todo su cuerpo y golpeando el aire fuera de él, pero no podía permitir que el dolor o el agotamiento se hicieran cargo. Tenía que permanecer despierto, por Doyoung. Su mano tembló cuando se levantó del pequeño cráter que su caída había creado, y se abrió paso hasta la superficie nevada, derrumbándose sin aliento. El dolor agudo en su corazón regresó cuando se arrastró hacia afuera, su mirada se dirigió al avión de Doyoung, el extremo de la cola era la única parte visible, inclinada fuera de la nieve.


A Taeyong le dolía todo el cuerpo; su piel quemada, y sus músculos protestaron cada movimiento, pero él tiró de lo que le quedaba de fuerza para invocar una vez más sus poderes. El viento arrastró lejos las muchas capas de nieve hasta que el avión de Doyoung se niveló suavemente, como si nunca hubiera despegado, pero Taeyong lo sabía mejor. Marchó dolorosamente a través de la nieve, su mano agarrándose el pecho mientras el dolor se asentaba en su corazón, negándose a dejarlo en paz. Tambaleándose, se topó con la puerta de Doyoung con el hombro, y él contuvo un gruñido. Agarró la manija y le dio un tirón, aliviado cuando la puerta se abrió.


—¿Doyoung? —Su voz era ronca, pero a él no le importaba. Doyoung estaba en su asiento, su arnés asegurándolo allí firmemente, su cabeza estaba inclinada hacia un lado y sus ojos cerrados. —Cariño, por favor, despierta.


Soltó el arnés de Doyoung y lo sacó con cuidado, sin darse cuenta, hasta que sus piernas cedieron debajo de él, de la poca fuerza que le quedaba después de recurrir a sus poderes tan recientemente. Cayó en la nieve, Doyoung acunado en sus brazos. 


—Por favor, ponte bien —, susurró, abrazándolo. En la distancia, las campanas tintinearon. La ayuda estaba llegando.


El alivio lo envolvió, y cayó de nuevo en la nieve con Doyoung sujetándolo con fuerza contra él. Cuando cerró los ojos, utilizó lo que le quedaba de su fuerza para sacar el frío lejos de Doyoung y mantenerlo caliente. Tan pronto como oyó las voces preocupadas de los que habían venido en su ayuda, Taeyong se rindió a la oscuridad.


*****


—¿Taeyong?


La mirada de Taeyong permaneció fija en las llamas rojas y naranjas que bailaban en la chimenea mientras una oscura tormenta se desarrollaba en su interior, una que ansiaba desatar. No importaba cuánto lo intentara, no podía dejar de pensar en los acontecimientos de hoy, el miedo y el dolor en los ojos azul pálido de Doyoung mientras estaba sentado atrapado dentro del avión que caía en picado. Taeyong tenía enemigos, muchos de ellos lo suficientemente insolentes para realizar un acto tan cobarde, pero  ninguno poseía tanta magia; sin mencionar que cualquier enemigo que quisiera golpearle de esa manera estaba declarando la guerra contra él. Cuando encontrara al responsable de esto, los aplastaría en una paliza helada.


—¿Taeyong?

—¿Qué? —gritó, haciendo al pequeño elfo dar un brinco. 

— Estás haciendo que haga muchísimo frío en la habitación, —dijo Jungwoo a través de su castañeteo de dientes. Él tenía sus brazos  envueltos fuertemente alrededor de sí mismo en un esfuerzo por mantenerse caliente.

—¿Y qué? —Era el Príncipe de las Heladas, obviamente el frío formaba parte de su existencia. ¿Por qué estaban todos sorprendidos al descubrir por sí mismos que estaban rodeados de dichos elementos cuando él estaba presente? ¿Qué esperaban de él? ¿Sol?

—Estás haciendo que Doyoung se enfríe.


Taeyong se enderezó, habiendo olvidado por un momento dónde estaba, y la razón por la que estaba aquí. Rápidamente, se acercó a la cama de Doyoung para tomar la mano helada de su amante en las suyas, absorbiendo el frío hasta que Doyoung se quedó confortablemente caliente de nuevo. Después de besar suavemente la mano de Doyoung, Taeyong se volvió hacia Jungwoo, que se había colocado al lado de Doyoung en su cama, sus delgados brazos envueltos alrededor de sus rodillas levantadas y su mirada preocupada fija sobre Taeyong. Maldita sea. Taeyong se había descuidado al dejarse llevar por pensamientos desagradables, sólo para desquitarse con su querido amigo. Jungwoo no merecía estar en el lado receptor de su mal genio. El joven elfo había sido nada más que admirable en su lealtad, permaneciendo al lado de Doyoung, atendiéndole cuando todo lo que Taeyong había logrado era estar pensativo.


—Siento mucho haberte hablado así, Jungwoo.

—Entiendo, —dijo Jungwoo en voz baja, su mirada dirigida a Doyoung, quien había caído en un sueño profundo poco después de llegar a su casa. 


Según los médicos, Doyoung sobreviviría, pero tenía una gran cantidad de curación que hacer. Por supuesto, su mayor preocupación había sido el Big Flight. Sin Doyoung, los otros Rein Dears no podrían volar. Era la forma en que funcionaba la magia de Kringle. Nueve Rein Dears o ninguno en absoluto. Francamente, Taeyong no podía dar dos bayas sobre el Big Flight, no cuando Doyoung se veía tan pálido y frágil, incluso su ardiente pelo rojo tenía un matiz ceniciento.


Algunas hebras sueltas de cabello cayeron sobre la frente de Doyoung, y Jungwoo las apartó suavemente. 


—¿Qué hay de ti, Taeyong? ¿Estás bien? Tuviste una caída muy fuerte.

—Estoy bien. —Taeyong paseaba por el dormitorio, extrañando a Doyoung, su sonrisa, su rica risa, la sensación de sus brazos alrededor de Taeyong.  Incluso el dulce aroma de canela lo había abandonado. —Debería haber estado allí.

—No podías haberlo sabido.

—¡Maldita sea! —Taeyong golpeó su puño contra la repisa de la chimenea.


Si sólo no hubiera ido a ese maldito bar, habría estado allí en la pista. Él podría haber sido capaz de evitar que Doyoung se subiera al avión. Si no, seguramente habría sabido que algo estaba mal de inmediato y habría tenido más tiempo para hacer algo, cualquier cosa, que no hubiera tenido como resultado a Doyoung tumbado aquí de esta manera.


—Taeyong, por favor. Culparse a sí mismo no lo ayudará a curarse más rápido.


Taeyong estaba a punto de discutir el hecho cuando Lucas entró en la habitación, su mirada fue de Jungwoo a Doyoung y regresó.


—¿Y bien? —Taeyong preguntó con impaciencia.

—Kringle está en camino. —Lucas se acercó a Jungwoo y lo atrajo hacia sus brazos, su penetrante mirada en Taeyong, que no podía dejar de pasearse.

—Bien. —Sabía que Kringle no podía dejar todo y venir corriendo, pero uno podría pensar que se daría prisa, considerando que su mejor Rein Dear estaba fuera de servicio. 


¿Eso era todo lo que a alguien de por aquí le importaba? ¿Su preciosa Navidad? ¿Qué pasaba con Doyoung? ¿Qué pasaba con lo que significaba para Taeyong? ¿Y si Kringle no podía curar a Doyoung? ¿Entonces qué? No, eso era imposible. La magia de Doyoung estaba vinculada a Kringle. Si alguien podía arreglar las cosas, era el Espíritu de la Navidad.


¿Quién querría hacerle daño a Doyoung? Cuanto más lo pensaba, más podía sentir su furia en aumento.


—Taeyong, el frío, —Jungwoo le recordó en voz baja.

—¡Por el amor de Dios! —Taeyong salió de la habitación, maldiciendo en voz baja. Si no fuera lo suficientemente malo, no haber estado allí para ayudar a Doyoung, ahora ni siquiera podía mantenerlo el tiempo suficiente para estar en la misma habitación que su amante sin hacerle daño. 


Tronó a través del palacio, haciendo caso omiso de las miradas preocupadas de todos los sirvientes, e irrumpió a través de las puertas que conducían a los jardines, donde él tendría un montón de espacio para desahogarse sin herir a nadie. ¿De qué servía todo su poder si no podía ayudar a Doyoung? ¿Si lo único que le trajo era daño?


En el momento en que vio las hermosas rosas rojas, lamentó haber venido aquí. Alrededor de las esculturas de hielo meticulosamente talladas de cisnes y animales del bosque, de criaturas marinas y dragones, había grupos de rosas rojas que Taeyong había plantado para Doyoung, el carmesí en marcado contraste con el mar de nieve blanca, simbolizando sus propias diferencias, pero destacando qué tan bien encajan juntos. Las ramas de los pinos circundantes cubiertas de escarcha, cuyas luces blancas brillaban lo suficiente como para rivalizar con las estrellas en el cielo de la tarde sobre él. Una vez el jardín había estado descuidado y vacío, lleno de enredaderas y malas hierbas hasta que Doyoung entró en su vida, trayendo consigo su resplandor, mostrándole a Taeyong lo que era tener amor en su corazón, que alguna vez fue frío.


Taeyong se puso de pie, apretando y relajando las manos a los lados.


¿Sabían con quién estaban jugando? Alguien había tratado de alejar ese amor de él. ¿Quién sería tan arrogante, tan tonto como para intentar un acto así? Seguramente sabían que los cazaría, iría a los confines más lejanos de la tierra hasta que tuviera sus manos sobre el culpable, y luego...


La nieve se arremolinaba a su alrededor en una ráfaga de blanco, los truenos explotaban en lo alto del cielo nocturno y nubes oscuras se acumulaban para apagar las estrellas. Los pinos temblaban, la nieve cayendo de sus temblorosas ramas. ¿El Polo Norte no había aprendido la lección la primera vez que sucedió cuando alguien a quien amaba le fue arrebatado? ¿Es eso lo que querían? ¿Todos querían lo mismo que su padre? ¿Querían un monstruo en lugar de un príncipe? Él podría convertirse en ese monstruo.


—¡Taeyong, te estoy hablando!


Taeyong se dio la vuelta, la nieve arremetiendo hacia fuera y hacia la figura, cuya reacción fue tan rápida como el hielo empalado, alzando una mano y deteniendo el asalto impulsivo. La nieve cayó al suelo a los pies de su padre, el trueno se desvaneció, y los cielos se despejaron. Había algo en esos ojos tan negros como los de Taeyong que lo hizo detenerse.


¿Preocupación? ¿Confusión? Sea lo que sea, Taeyong no tenía tiempo para eso.


—¿Qué has hecho? —le preguntó su padre, acercándose a él. Al menos él había dejado esa ridícula túnica, y ahora estaba vestido modestamente en su chaqueta azul real con el trenzado de oro y cordones, los pantalones y las botas negras.

—Hice lo que tenía que hacer para salvar a Doyoung.

—Reclamaste mi poder. —Fue menos una acusación y más una declaración, para sorpresa de Taeyong. Él tragó con fuerza, negándose a pensar en cómo había sido demasiado débil para salvar a Doyoung por su cuenta.

—Lo necesitaba. Era magia negra destinada a mantenerme fuera —.El bajo jadeo de su padre no pasó desapercibido. 

—¿Así que decidiste pelear por tu cuenta? ¿En qué estabas pensando?

—El amor de mi vida estaba cayendo en picado hacia su muerte. Perdóname si no tuve tiempo de pedir tu permiso.

—No tú...

—No, —gruñó Taeyong, su dura mirada se encontró con la de su padre. —¡No te molestes con tus ridículas advertencias! Te dije que lo amo y haré cualquier cosa por él.


Con un suspiro resignado, su padre dio un paso hacia él, suavizando su expresión. 


—¿Y de qué le servirá a él si te pierde? El Taeyong que él ama se habrá ido.

—Lo tenía bajo control. —¿Desde cuándo su padre se preocupaba por algo que no fuera la reputación de la familia? Especialmente desde que su pasatiempo favorito en los últimos tiempos era decirle a Taeyong lo indigno que era Doyoung.


Mirando a su padre ahora, cuando no estaba fanfarroneando con su palabrería sobre algo, Taeyong podía ver las similitudes de las que muchos hablaban. Taeyong era una versión mucho más joven del elegante e imponente Rey de las Heladas. A pesar de haber estado presente desde el principio, cuando la tierra había estado cubierta de nada más que nieve y hielo, la apariencia de su padre era juvenil, haciéndole parecer más un hermano mayor que un padre. Su cabello era negro oscuro, su físico no era muy diferente al de Taeyong. La única diferencia yacía en su piel; donde Taeyong había heredado la piel pálida de su madre, la de su padre era un rico bronceado. El pensamiento le hizo fruncir el ceño profundamente. Lo último que necesitaba era un recordatorio de lo similar que era a su padre.


El Rey de las Heladas se acercó a él y Taeyong lo miró con recelo. 


— Hijo... —El término sorprendió a Taeyong, lo suficiente como para permitir a su padre poner una mano enguantada en el hombro de Taeyong. El Rey de las Heladas nunca fue tan informal, ni siquiera con su propio hijo. —Por favor, deja que los soldados de juguete se encarguen.

—Alguien intentó matar a Doyoung, se atrevió a usar magia negra contra mí, ¿y quieres que me aparte y no haga nada? 


¿Hablaba en serio? ¿Cómo podría él incluso sugerir tal cosa?


—No pongas palabras en mi boca. Simplemente deseo que tengas cuidado. No sabemos qué fuerzas están actuando aquí.

—¿Desde cuándo te importa? —Taeyong se separó, retirando la mano de su padre de encima. —Sugeriste que habría sido mejor si él me hubiera dejado estar. ¿No es eso lo que dijiste? 


Los labios de su padre se fruncieron, pero no dijo nada, avivando la ira de Taeyong. 


—¿No es eso lo que dijiste?

—No quise decir eso.


Taeyong puso los brazos extendidos a los lados, su visión se volvió blanca cuando convocó su elemento. 


—¿Es esto lo que quieres?

—No pretendas saber lo que quiero, —argumentó su padre con calma. Chasqueó los dedos, y para disgusto de Taeyong, su bravata se detuvo de repente. Frustrado, él empezó a marcharse, pero su padre le puso una mano en el pecho para detenerlo, con una expresión de verdadera preocupación. —Si te pierdes a ti mismo, todo habrá sido para nada. No te descentres.


Sorprendido por las palabras amables, Taeyong sintió que su ira se desvanecía. Siempre era mucho más fácil estar furioso con su padre que estar de acuerdo. Odiaba cuando el elfo tenía razón. 


—Tengo que irme, — murmuró, y sin otra mirada en dirección a su padre, se fue.


En circunstancias normales, él habría traído el trineo, pero no quería que nadie le molestara. Tenía trabajo que hacer, y no descansaría hasta que tuviera sus manos sobre quienquiera que fuera el responsable. Con los vientos llevándolo, estaba en el camino en cuestión de minutos.


Todo el lugar había sido cerrado por los soldados de juguete, que ahora estaban estacionados alrededor de los muchos hangares pertenecientes a los Rein Dears. Se estaban llevando a cabo inspecciones en todos los demás aviones en caso de que Doyoung no hubiera sido el único objetivo, aunque Taeyong estaba bastante seguro de que no saldría nada de esas investigaciones. Se dirigió directamente al hangar de Doyoung, saludando a los soldados de juguete que estaban haciendo guardia. En el interior se encontraba Suzy, el mecánico de Doyoung.


—¿Qué pasó? —gruñó, sorprendiendo al hada Sugarplum. Tenía una mancha de suciedad en su mejilla rosada, su pelo blanco era un lío ingobernable, y su mono rojo estaba cubierto de manchas de aceite de motor. El avión de Doyoung estaba hecho pedazos, todos los cuales estaban ordenados sobre toallas en pequeñas filas ordenadas.

—No lo sé, —respondió Suzy, señalando hacia el avión. —Todo estaba bien, lo comprobé...

—¿Seguiste el procedimiento?


Ella volvió sus ojos verdes brillantes hacia él, sus labios rosados fruncidos. 


—Por supuesto que lo hice.

—¿Hiciste todas las comprobaciones correspondientes antes del vuelo? ¿El tren de aterrizaje? ¿El motor? ¿Revisaste el combustible?

—Siempre lo hago. —Ella cruzó sus delgados brazos sobre su pecho, sus ojos se estrecharon hacia él. Qué pequeña hada impertinente.

—¿Cómo lo sabes? —Él no consiguió sacar el resto antes de que ella le estuviera clavando un dedo.

—Ahora mira aquí, Su Alteza. Puede que sea un hada de Sugarplum, pero Doyoung me contrató él mismo, y no sólo para cubrir el expediente. Conozco mis biplanos, y los suyos estaban en perfectas condiciones, desde la cola hasta la nariz, así que no te atrevas a intentar colgarme esto a mí. Ya tengo suficiente por aquí con las tonterías de los otros elfos y ese maldito Chan Woo.


Ahora había un nombre que había esperado no escuchar a corto plazo. 


—¿Chan Woo? ¿Él estaba aquí?

—Sí, él vino para una entrevista con Minhyun. Su mecánico se marcha en un par de meses. No es que Minhyun esté a punto de contratar a ese pedazo de carbón. Francamente, no puedo creer que Chan Woo tenga el descaro de incluso solicitar el trabajo después de todo. 


Ella retiró las hebras sueltas que caían sobre su frente. A pesar de sus delicadas características, la pequeña hada de Sugarplum no parecía intimidada en lo más mínimo por él.


Alguien tenía que haberse acercado al avión. ¿Podría haber sido Chan Woo?


¿El incidente en el pub le impulsó a llevar las cosas al siguiente nivel? Pero Chan Woo ya no tenía autorización para ingresar en las instalaciones, aunque si hubiera sido llamado para una entrevista, le habrían dado una autorización temporal. Quizás era hora de que Taeyong visitara a Chan Woo, viendo que su primer encuentro con el horrible y pequeño elfo no le había dejado una gran impresión.


—Encontré una cosa, pero no sé si es relevante. 

—¿Qué? —Si hubiera la más mínima evidencia señalando a Chan Woo, era todo lo que necesitaba.

—Un botón. Estaba en el tanque de combustible cuando lo vacié, junto con los residuos de la magia oscura. Parece que de ahí es de donde se extendió. —Metió la mano en su bolsillo y sacó un objeto pequeño. Cuando ella se lo entregó, él vio que era de hecho un botón. 


¿Qué diablos? Giró el objeto de oro brillante en su mano, su sangre hirviendo cuando él vio la diminuta imagen grabada en su superficie lisa. Bueno, al menos él sabía que no era Chan Woo.


Su apresurada partida dejó a Suzy gritando detrás de él. Debería haber sabido que sólo había una criatura vil que podía estar detrás de  todo esto. No importaba. El villano iba a encontrarse con su destino antes de lo planeado.


Taeyong era consciente del crudo y amargo invierno que estaba dejando a su paso cuando tronó a través del Palacio de Justicia, pero no estaba preocupado. Ellos podrían llevar sus objeciones sobre su comportamiento a su padre. Todos se alejaron de él, si no para evitar los vientos árticos, para evitar su mirada asesina.


Los barrotes de la celda de la prisión se abrieron de golpe y Taeyong se detuvo justo fuera de la puerta. 


—¿Te atreves a desafiarme? —El Rey Ratón fue arrojado con fuerza contra la pared, clavado en el ladrillo blanco por la furia de Taeyong.

—¿Frost? ¿Cuál es el significado de esto? —El roedor luchaba contra los fuertes elementos en vano.

—Decidió cumplir con sus amenazas, ¿verdad? —Taeyong se acercó a él agarrándole parte de su traje de prisión.

—¿Qué? —El chillido agudo hizo que Taeyong entrecerrara los ojos. No se dejaría engañar por la actuación de la criatura.


Taeyong retiró una mano, listo para atacar. 


—Lo lastimaste. Ahora te voy a hacer daño a ti.

—No sé de qué estás hablando. ¡Te has vuelto loco, Frost! ¡Guardias!


Era ridículo, el pensamiento de que cualquiera podría tener una oportunidad contra él. Era hora de poner fin a las lágrimas de cocodrilo del villano. Taeyong empujó el botón en la cara del Rey Ratón con un gruñido. 


— Esto fue encontrado en el tanque de combustible de Doyoung. Así se administró la magia negra. Fuiste tú.

—¿Cómo en nombre de Kringle haría eso desde aquí? —El Rey chilló, mirando detrás de Taeyong, sin duda con la esperanza de que alguien viniera en su ayuda.

—No me importa cómo lo hiciste, la cuestión es que lo hiciste, y ahora vas a pagar. —Blanco cubrió su visión cuando la celda se enfrió, enredaderas de hielo se extendieron por los ladrillos blancos y alrededor de las barras de acero de la celda de la prisión. Podía convertir al roedor patético en un cubo de hielo en cuestión de segundos, pero él quería que la criatura sufriese, sintió su corazón a punto de estallar de su pecho con miedo, el mismo miedo que Taeyong había sentido al ver a su amor en peligro.

—¡No lo hice! Alguien está tratando de tenderme una trampa, — suplicó el Rey Ratón, su voz temblaba y su cuerpo se estremecía.


Taeyong dejó escapar una carcajada sin humor. 


—¿Esperas que crea eso?


El roedor diría y haría lo que sea necesario para salvar su propia piel, especialmente con sus frágiles bigotes ahora congelados y muy fáciles de romper. Con una sonrisa malvada, Taeyong tomó uno entre el pulgar y el índice.


—¡Lo juro! —Los ojos del Rey Ratón se agrandaron cuando la realidad de su inminente desaparición le llegó. —¡Revisa mi uniforme!

—¿Qué?

—¡Mi uniforme! Lo juro, cada botón, cada hilo estará en su lugar. Te lo ruego. Compruébalo tú mismo.


Taeyong no tenía necesidad de creer las palabras de este villano, pero su instinto le decía que sería mejor que no lo dejara a medias. Si tuviera que aplastar a este roedor insolente, sería bajo certeza completa. Levantó la mano para retirar el frío, luego decidió dejar a la bestia abominable con la incertidumbre.


—Volveré en un momento. —Se dio la vuelta y caminó desde la celda, consciente de los soldados de juguete revoloteando cerca en un estado casi de pánico. Una vocecita dentro de él le dijo que debería tener piedad de ellos. No dudaba de que estaban agitados por su próximo curso de acción. Bah, paparruchas. No tenía tiempo para sentarse con soldados entrenados. Déjalos que hagan lo que consideren conveniente.


Taeyong se dirigió al departamento de procesamiento y golpeó el grueso vidrio, esperando con impaciencia cuando el joven elfo se acercó con precaución.


—¿Sí Su Alteza?

—El uniforme. Déjame verlo.


En un santiamén, le entregaron la caja verde y marrón que contenía las pertenencias del Rey Ratón. Deslizándola hacia arriba, la llevó de regreso a la celda donde el tembloroso roedor luchaba contra las fuerzas que lo retenían, un esfuerzo inútil. La razón principal por la que el Rey Ratón había permanecido fuera de su alcance hasta ahora era el talento de la criatura para esconderse, así como su capacidad para corromper a otros para que cumplieran sus órdenes. En cuanto a la fuerza, no era rival para Taeyong, y el Rey Ratón lo sabía.


Sacando la chaqueta cuidadosamente doblada de la caja, Taeyong la sostuvo por el cuello y descubrió el brazalete. 


—Botón, botón, hilo, botón. —La mirada de Taeyong se encontró con la del Rey Ratón, cuyos ojos estaban muy abiertos por el terror. —Bueno, mira eso. Parece que has perdido un botón.

—¡Juro que estaba allí esta mañana!


Taeyong se burló, dejando caer el uniforme en su caja y tirándolo a un lado. 


—Se acabó.

—¿Estás loco? No puedes querer matarme. ¡Estamos en el Palacio de Justicia!

—Estoy preparado para enfrentar las consecuencias de mis acciones. Es hora de que tú hagas lo mismo. —Se sentó en el catre, convocó suavemente sus poderes y gradualmente bajó la temperatura en la habitación. El Rey Ratón estaba empezando a tomar un hermoso tono azul violáceo, y se imaginó que la congelación se asentaría pronto.

—¡La f-f-fotografía! ¡Mira la fotografía! La que el periodista tomó esta mañana. Ya verás que está ahí. Si no es así, puedes volver y acabar conmigo.


¿Este miserable demonio realmente pensaba que Taeyong se iba a dejar engañar? La evidencia estaba allí. El botón en su bolsillo era una coincidencia exacta con los otros en la chaqueta, con el que faltaba.


—¿Y si acabas conmigo y te estaba diciendo la verdad? Entonces dejas que el verdadero culpable permanezca libre.


Taeyong frunció el ceño, su ira creciendo al reconocer que lo que decía el roedor tenía sentido. No estaría con el corazón roto al eliminar él mismo a la bestia, culpable o no, pero estaría furioso si descubriera que el verdadero villano seguía estando libre. ¿Y si hubiera otro atentado  contra la vida de Doyoung? Si existía la más mínima posibilidad de que el Rey Ratón dijera la verdad, Taeyong no podía ignorarlo. 


¡Maldita sea! Con un chasquido de sus dedos, absorbió el frío, pero sólo lo suficiente para mantener al Rey Ratón vivo.


—Disfruta de tu existencia mientras puedas. —Se dirigió a la puerta de la celda, donde se detuvo. —Si te equivocas, volveré y te congelaré pedazo por pedazo. —Sin otra mirada en dirección al roedor, Taeyong se dirigió al corredor, donde un soldado de juguete lo llamó ansiosamente.

—Su Alteza, tiene una llamada telefónica.

—No ahora —, gruñó, dirigiéndose hacia la escalera que conducía al Palacio de Justicia y a la salida.

—Es Jungwoo, Su Alteza. Dice que el señor Doyoung está despierto.


*****


—¿Taeyong? —Doyoung gimió, sintiendo su cabeza como si hubiera sido atropellado por su biplano. Su cuerpo entero estaba en agonía, y había una extraña pesadez en su corazón. Le tomó un momento recordar lo que había pasado y orientarse a su entorno, pero cuando sintió la suavidad familiar de la cama debajo de él y las mantas calientes envolviéndolo, se permitió relajarse. Estaba en su cama, en su casa, y Taeyong...

—Estoy aquí.


Había algo en la voz de su amante, algo... diferente. Doyoung miró el hermoso rostro de Taeyong, la vista casi le hizo llorar. Era cierto; Taeyong estaba allí, pero no del todo. Sin embargo, Doyoung no podía aceptarlo. El brillo en  los ojos negros de su amante parecía haberse atenuado, y el dolor en el corazón de Doyoung se volvió casi tan grande como el de su cuerpo. Tenía que permanecer fuerte, por ambos.


—Estoy llegando al fondo de esto, Doyoung. Encontraré a quienquiera que haya hecho esto y les haré pagar. 


La silenciosa ira en la voz de Taeyong envió un escalofrío a Doyoung, y se acercó a él, necesitando sentirlo, tocarlo. Hubo una ligera vacilación de Taeyong, una tan sutil que pasó desapercibida para Jungwoo y Lucas, pero no para Doyoung, no fue ni más ni menos que un puñetazo en el estómago. Estaba sucediendo. Por el amor de Kringle, por favor dame más tiempo.


Taeyong tomó la mano de Doyoung, su pulgar acariciando suavemente la piel de Doyoung, su expresión pensativa, como si intentara recordar algún recuerdo lejano.


—Por favor, Taeyong, ten cuidado. No quiero que te lastimen.

—¿Por qué no me contaste sobre Chan Woo? —La expresión de Taeyong se oscureció, y su dura mirada se movió hacia la de Doyoung, apretando su agarre.

—Taeyong, por favor, ahora no es realmente el mejor momento, —Jungwoo sugirió con cuidado.

—Ahora es un momento tan bueno como cualquiera, —respondió Taeyong enojado. —Quédate fuera de esto.

—Oye. —Lucas se levantó de un salto, sólo para que Taeyong le clavara  un dedo.

—¡Siéntate! Juro que no estoy de humor para ti.

—¡Taeyong, eso es suficiente! —gruñó Doyoung, el estallido enviando una fuerte sacudida a través de todo su cuerpo, forzando un gemido fuera de él. Estaba más débil de lo que pensaba. Así las cosas, él estaba luchando para permanecer despierto, pero Taeyong lo necesitaba.

—Lo siento. Lo siento mucho, —dijo Taeyong, pasándose una mano por el pelo. —No sé lo que me ha pasado. Todo este lío me tiene en el borde.—Su mirada preocupada fue a Doyoung, y por primera vez desde que Doyoung se había despertado, él vio a su Taeyong, su hermoso, maravilloso Taeyong. —Me tengo que ir.

—Espera, —gritó Doyoung, su agarre en la manga de Taeyong débil en el mejor de los casos. Para su alivio, Taeyong se detuvo. Podía ver la confusión dentro de él, podía ver la forma en que la mano de Taeyong instintivamente se dirigía a su pecho, su puño descansaba sobre su corazón mientras hacía una mueca. Estaba sucediendo muy rápido. El peor miedo de Doyoung estaba pasando ante sus propios ojos, y no había nada que pudiera hacer.


No, él se negó a creer eso. Tiró de la manga de Taeyong, su voz suave. 


— Taeyong, ¿me besas antes de irte? Eso es todo lo que pido.


Taeyong se quedó allí durante tanto tiempo, que Doyoung temió que pudiera irse sin una palabra. Entonces algo dentro de él debió ceder, y Taeyong regresó a su cama, sentándose a su lado. Doyoung puso sus manos en la cara de Taeyong, con los pulgares acariciando sus mejillas y se encontró con los ojos de su amante.


—Te amo, Taeyong. Por favor recuerda eso.


Taeyong tragó con fuerza, sus intensos ojos negros buscando los de Doyoung, aunque Doyoung no tenía ni idea de por qué. ¿Por la verdad en sus palabras? ¿Ya había llegado tan lejos? No dándole otro pensamiento, tiró suavemente de Taeyong hacia abajo para colocar sus labios contra los de su amante, su lengua sondeando suavemente hasta que Taeyong finalmente cedió y abrió la boca, permitiendo que la lengua de Doyoung se deslizara dentro. Doyoung profundizó el beso, el calor se extendió por su cuerpo cuando sintió que Taeyong se apoyaba en él, y su brazo rodeaba el hombro de Doyoung para poder acercar a Doyoung contra él. Fue doloroso, casi aplastante, pero Doyoung se negó a hacer un sonido, temiendo que rompiera el delicado momento. Daría cualquier cosa para salvar a Taeyong del espantoso abismo hacia el que parecía estar precipitándose.


Taeyong se echó hacia atrás, un tembloroso suspiro escapó de él cuando dejó descansar su cabeza contra Doyoung. 


—Te amo, —susurró. —Pase lo que pase, recuerda que te amo.

—Taeyong...

—Descansa ahora.


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